El aire en el pequeño café de la esquina estaba cargado de humo y el aroma amargo del espresso. Isabella estaba sentada con la elegancia de una reina victoriosa, deslizando un sobre grueso de papel madera sobre la mesa.
—Aquí tienes, enfermera. El resto de tu libertad —siseó Isabella con una sonrisa de suficiencia—. Hiciste un trabajo impecable. Nueva York por fin respira sin el aire viciado de Ángelo Di Santi.
Cassandra, manteniendo la mirada baja y la voz suave, tomó el dinero.
—Fue un gusto