En la soledad de su habitación, Cassandra contestó la videollamada. La pantalla se iluminó con el rostro de Ángelo, que se veía imponente incluso desde una cama de hospital en Suiza.
—Te ves cansado, mi demonio —susurró Cassandra, con una voz cargada de una sensualidad que hizo que Ángelo apretara la mandíbula.
—Los negocios aquí en Suiza requieren mano firme, reina, pero pronto estaré de vuelta para poner orden en casa —respondió Ángelo, recorriendo con la mirada cada detalle del rostro de ell