La nueva mansión de Shen era un monumento al exceso. El aire estaba pesado con el olor a tabaco caro, alcohol de reserva y el perfume barato de las mujeres que bailaban alrededor de los sicarios. Shen reía a carcajadas, brindando con una copa de cristal mientras observaba a sus hombres celebrar.
—¡Por el fin de los Di Santi! —gritaba Shen, con los ojos brillando de una forma casi demencial—. ¡El Halcón se ha quedado sin nido y sin polluelos! ¡Nueva York vuelve a ser de los Dragones!
Pero en med