El aire en la prisión de máxima seguridad olía a humedad y desesperación. Ángelo avanzó por el pasillo de visitas, el sonido de su silla de ruedas resonando contra el cemento frío. Al otro lado del cristal reforzado, apareció una figura que apenas recordaba.
Leonardo estaba demacrado. Su cabello, antes impecablemente peinado, caía sucio sobre sus hombros; la barba le cubría gran parte del rostro y las cicatrices de las palizas recientes marcaban su piel como un mapa de su miseria.
—Así que la p