Dentro de la camioneta en movimiento, el aire era espeso y olía a pólvora. Cassandra luchaba con todas sus fuerzas, pero tenía las manos atadas y un nudo de ansiedad en la garganta que no la dejaba respirar. Uno de los mercenarios de Shen, harto de sus forcejeos, le propinó un golpe seco en la mejilla que la hizo ver estrellas.
—¡Cállate ya! —gruñó el hombre mientras le colocaba una mordaza de tela—. Dulces sueños, señora Di Santi. Disfruta el viaje, porque será el último.
Cassandra sintió que