En la cocina de la mansión, Rosa estaba doblada sobre la mesa de acero, con el rostro gris y cubierto de un sudor frío y pegajoso. El dolor en sus intestinos era una bestia que la devoraba por dentro, un castigo que ella misma había cocinado. La puerta se abrió y Cassandra entró, con su habitual aire de serenidad helada se acercó a Rosa con una fingida preocupación que habría engañado a cualquiera, menos a Ángelo, quien observaba todo desde las sombras del pasillo, con una sonrisa sádica oculta