El pitido rítmico del monitor cardíaco era lo único que llenaba el silencio de la suite hospitalaria. Clara abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso del sedante en sus párpados. Lo primero que vio fue el techo blanco, pero al girar la cabeza, el aire se le escapó de los pulmones.
Allí, sentado en una poltrona en la esquina más oscura, estaba Wei. Sus ojos oscuros la observaban con una fijeza depredadora, aunque su postura era extrañamente relajada. Al lado de la cama, Ángelo y Mein Ling con