Mientras tanto, en la cocina de la mansión, Rosa intentaba fregar los platos, pero sus manos temblaban de forma espasmódica. Un sudor frío le perlaba la frente y un dolor sordo, como si tuviera agujas de vidrio moviéndose en sus intestinos, la obligó a doblarse sobre el fregadero.
—Maldita sea... ese estofado —gruñó, llevándose una mano a la boca al sentir un sabor metálico, agrio—. Cassandra y sus inventos... me está matando la acidez.
No tenía idea de que no era acidez. Era el arsénico que el