En el despacho principal de la Asociación, el aire era denso, cargado del olor a tabaco caro y fracaso. Li Shen lanzó una jarra de cristal contra la pared, viendo cómo sus aliados —esos clanes que antes le besaban la mano— cancelaban contratos uno tras otro.
—¡Cobardes! ¡Ratas que huyen del barco! —rugió Shen, con las venas del cuello a punto de estallar.
Tomó el teléfono y marcó a Li Wei. La voz de su hijo al otro lado era calmada, demasiado calmada para el gusto de Shen.
—Wei, quiero un infor