La habitación 402 del hospital estaba en penumbras, solo iluminada por el brillo azulado de los monitores. Ángelo yacía en la cama, con un maquillaje que le hundía las cuencas de los ojos y una palidez amarillenta. Tenía tubos falsos y una mascarilla de oxígeno que empañaba con respiraciones débiles.
Cassandra, vestida con su uniforme de enfermera y el tapabocas puesto para no ser reconocida, le abrió la puerta a Isabella.
—Aquí está, señora... —susurró Cassandra con voz sumisa—No le queda much