Wei y Clara se alejaron del bullicio de la cena, refugiándose en uno de los balcones de mármol que daban al jardín zen. El aire de la noche era fresco, pero entre ellos la temperatura subía con cada mirada.
—Mi loto... —susurró Wei, tomándola de la cintura—. Lo que hiciste hoy con mi madre... por un momento pensé que me quedaría sin respirar.
Clara apoyó las manos en su pecho, sintiendo el latido errático del guerrero.
—No te voy a mentir, Wei, me dio miedo. Mucho miedo. Pero te amo demasiado y