El aire en el jardín de Mein Ling parecía haberse congelado. Clara sentía la presión de la mano de la matriarca en su barbilla, pero en lugar de bajar la mirada, sus ojos se encendieron con una determinación que nunca antes había mostrado.
Con un movimiento firme pero sereno, Clara se apartó del agarre de Mein Ling. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia, y habló con una voz que, aunque no era un grito, resonó con la fuerza de un trueno en el silencio de la mansión.
—Señora Mein, yo