Ámbar
No puedo seguir enfadada después de esa tremenda confesión, pero decido evadirme un poco y bajar a desayunar con los niños, que se muestran muy alegres. David y yo compartimos algunas miradas y sonrisas cómplices, lo que aumenta un poco mi sentimiento de culpa.
Por un lado, sé que soy una adulta responsable y que puedo hacer lo que quiera con mi vida. Sin embargo, pienso en todo lo que hice para librarme de mi matrimonio y no me parece coherente volver a lo mismo.
—No tenemos que volver