David
Apoyado en el lavabo frío del baño de mi oficina, me miro fijamente en el espejo.
—Soy yo, Ámbar. Yo soy Jerónimo Oviedo —digo, y en cuanto las palabras salen, hago una mueca—. Dios, no… esto es horrible.
Respiro hondo y lo vuelvo a intentar. Aunque al final vaya a tener una vasectomía gratis —o una castración, en el peor de los casos—, no puedo dejar que este momento sea escueto. Tengo que hacer la revelación más importante de mi vida y no puedo decirlo relajadamente.
Tal vez hasta pue