David
Mientras conduzco de camino a mi oficina, la confianza con la que me fui se desvanece cada vez más. No recuerdo en qué momento se me ocurrió que tenderle una trampa a Ámbar para comprobar si sus sentimientos por mí son genuinos, era una buena idea.
«¿Y si realmente se escapa?», pienso, aterrorizado.
—No, no es posible. Nadie sube a esa colina, y Pecas tampoco la bajará a menos que quiera matarse —murmuro.
Tampoco podrá abrir la reja, desde luego. A todos les he quitado las llaves.
Suelto