Ámbar
A pesar de mis súplicas por piedad hacia Anastasia, David se negó rotundamente a permitir que se quedara y le dio media hora para que empacara. También acusó al resto de los empleados de haberme ayudado y les ordenó que empacaran sus pertenencias.
—Perdóname, Ana —le suplico mientras la ayudo a empacar—. Por mi culpa perdiste el trabajo, no tengo perdón.
Anastasia niega con la cabeza. Sus hermosos ojos están llenos de lágrimas y el labio inferior le tiembla.
—Lo que más me duele no es perd