Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella se quedó pegada a la puerta pequeña de salida de incendios, tosiendo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas de porcelana, ahora manchadas de hollín. Los segundos parecieron horas. El rugido del fuego era ensordecedor, como una bestia devorando todo a su paso.
—¡Alma! ¡Sal de ahí! —gritó Isabella hacia el interior.
De repente, un crujido metálico desgarrador resonó en todo el almacén. Isabella vio con horror, a través de la brecha de la puerta, cómo las vigas principales del techo se doblaban como si fueran de papel.
—¡ALMA!
Un estruendo final sepultó cualquier otro sonido. El almacén colapsó sobre sí mismo en una montaña de escombros y fuego. La onda expansiva lanzó a Isabella hacia atrás, golpeando su cabeza contra el pavimento del callejón exterior. Lo último que vieron sus ojos color café y ámbar antes de que la oscuridad la reclamara fue el resplandor naranja del edificio que alguna vez fue su hogar, convirtiéndose en una pira funeraria.
El silencio la envolvió mientras su conciencia se apagaba, dejando atrás el nombre de Isabella Carrington entre las cenizas.
El dolor fue lo primero que regresó. Era un martilleo rítmico tras sus sienes, una punzada aguda que parecía querer partirle el cráneo en dos.
Isabella intentó abrir los ojos, pero la luz, aunque tenue, hirió sus pupilas.
Lo primero que sintió bajo sus dedos no fue la seda de sus sábanas en la mansión Carrington, sino el tacto áspero de una manta de lana barata y el olor a humedad de un sótano.
—No intentes moverte demasiado rápido, pequeña. Tienes una conmoción cerebral leve.
Isabella giró la cabeza con esfuerzo. Junto a la cama de metal, sentado en una silla de madera vieja, estaba Thomas. El hombre que había sido la sombra de su padre durante treinta años lucía demacrado; su traje siempre impecable estaba arrugado y sus ojos cansados reflejaban una angustia que ella nunca le había visto.
—Thomas… —la voz de Isabella salió como un graznido seco—. ¿Qué pasó? El almacén… Alma entró por el collar…
Thomas bajó la mirada y guardó un silencio pesado, uno que le dio a Isabella la respuesta antes de que él abriera la boca.
—El almacén colapsó, Isabella. No hubo sobrevivientes en esa sección.
—No… —Isabella se incorporó de golpe, ignorando el mareo que la hizo tambalear—. ¡Ella fue por mi collar! ¡Yo la dejé entrar! Tengo que ir allá, tengo que explicar que fue mi culpa, que ella solo intentaba ayudarme…
—No puedes ir a ningún lado —la voz de Thomas fue un látigo de autoridad que la detuvo en seco—. Si cruzas esa puerta, estás muerta o en una celda de la que no saldrás nunca.
—¿De qué estás hablando? Soy la CEO de AEGIS. Tengo recursos, tengo…
—No tienes nada —la interrumpió Thomas, extendiendo una carpeta sobre la cama—. Mientras estabas inconsciente, tu tío Ebenices se movió más rápido que el fuego. Mira esto.
Isabella tomó los documentos con manos temblorosas. Eran transferencias bancarias, firmas que se parecían a la suya, registros de cuentas en paraísos fiscales.
—Es desvío de dinero… lavado de activos —susurró ella, pasando las hojas con horror—. ¡Yo no hice esto! Thomas, tú sabes que yo nunca tocaría el fondo de pensiones de los empleados. ¡Es mentira!
—Lo sé. Yo lo sé, pero el rastro de papel es perfecto. Ebenices ha estado construyendo esta trampa durante meses, esperando el momento de soltarla. Y el incendio… el incendio fue el toque final.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, sintiendo un frío gélido recorrer su espalda.
Thomas no respondió. Se levantó y encendió un pequeño televisor antiguo que descansaba sobre una caja en el rincón del cuarto. La imagen granulada mostró la fachada humeante de la Torre AEGIS y el almacén reducido a escombros.
"... las autoridades continúan las labores de remoción de escombros tras el trágico incendio que cobró la vida de la heredera del imperio, Isabella Carrington", decía la periodista con tono solemne. Carrington, quien era la principal sospechosa en una investigación federal por lavado de dinero y desvío de capitales, habría fallecido en el lugar. Fuentes cercanas a la empresa sugieren que el incendio pudo ser provocado por la misma CEO para destruir pruebas incriminatorias..."
Isabella se quedó paralizada, viendo la pantalla donde aparecía una foto suya de una gala reciente.
—Me están culpando de todo —susurró, con lágrimas de rabia asomando en sus ojos café y ámbar—. Me han matado legalmente para que no pueda defenderme. ¡Es mi tío! ¡Él lo hizo! ¡Él mató a Alma y ahora me está robando la vida!
—Ebenices ahora es el CEO interino. Se presentó ante los medios como el tío devastado que tiene que limpiar el desastre de su sobrina "corrupta". Isabella, si apareces ahora, no habrá juicio justo. Te detendrán en cuanto pongas un pie en la calle y te aseguro que no llegarás viva a la primera audiencia. Ebenices no deja cabos sueltos.
—¡No voy a esconderme, Thomas! —gritó ella, levantándose de la cama a pesar del dolor—. ¡Esa empresa es mía! ¡Es el legado de mis padres! Iré a la policía, les diré la verdad sobre el accidente de mis dieciocho años, sobre el chantaje, sobre todo…
Thomas la tomó por los hombros, sacudiéndola suavemente para que reaccionara.
—¡Escúchame! ¿Qué crees que pasará cuando digas que ocultaste un homicidio accidental durante ocho años? Solo le darás a la policía la razón: eres una criminal que quema edificios para tapar sus huellas. Ahora mismo eres un fantasma, Isabella. Y los fantasmas son los únicos que pueden moverse sin que nadie los vea.
—¿Y qué pretendes? ¿Que viva en este sótano para siempre?
—He investigado a la chica, a Alma —dijo Thomas, bajando la voz—. Ella no tenía familia directa. Iba a mudarse a un pequeño pueblo costero llamado Thalassa para ser voluntaria en una estación de bomberos. Tenía una plaza asignada y una habitación alquilada. Nadie allí conoce su cara, solo su nombre.
—¿Quieres que usurpe su identidad? —Isabella lo miró con incredulidad.







