Mundo ficciónIniciar sesiónGabriel apareció de la nada, ya abrochándose la chaqueta de protección. Sus ojos se clavaron en Bella, quien se había quedado paralizada con la mochila aún al hombro.
—Tú. A la unidad de apoyo —ordenó Gabriel, señalándola con un dedo enguantado—. No te vas a separar de mi vista ni un solo segundo. Si te digo que respires, respiras. Si te digo que te congeles, te conviertes en estatua. ¿Entendido, princesa?
—Me llamo Bella Carrigton Capitán —replicó ella, recuperando su orgullo—. Y no necesito un guardaespaldas.
—No eres mi prioridad, eres una responsabilidad que no pedí —soltó él mientras subía al camión—. ¡Sube ahora o te quedas a fregar los platos con Martha!
El trayecto fue un caos de luces rojas y velocidad. Al llegar al muelle, el panorama era desolador: una antigua bodega de madera estaba siendo devorada por llamas naranjas que se alzaban contra el cielo nocturno de Thalassa. El calor se sentía incluso a metros de distancia.
—¡Líneas de ataque por el flanco norte! —gritaba Gabriel, dirigiendo la operación con una autoridad que, muy a pesar de Bella, resultaba fascinante—. ¡Sofía, Lucas, entren por la ventilación! ¡Bella, quédate junto al camión de suministros! No te muevas de este radio de cinco metros. Si cruzas esa línea, te juro que te envío de regreso a Olimpia en una caja.
—¡Sí, señor! —respondió ella con una ironía ácida, haciendo un saludo militar fingido.
Gabriel le lanzó una mirada que habría derretido el acero y se adentró en el humo.
Bella observaba desde la barrera. Vio a Sofía Ramos, la bombera, acercarse a una anciana que lloraba desconsolada cerca de la cinta de seguridad.
—¡Mi Pelusa! ¡Se quedó adentro! —gritaba la mujer, aferrándose al brazo de Sofía—. Estaba en la oficina del fondo, ¡por favor!
—Señora, cálmese, el techo es inestable —decía Sofía con voz profesional pero suave—. No podemos arriesgar personal por un animal en este momento, el fuego está demasiado avanzado.
Bella sintió un nudo en la garganta. El llanto de la mujer le recordó a su propio grito desesperado por el collar de su madre, el momento exacto en que Alma se arriesgó por ella. Sus ojos color café y ámbar recorrieron la estructura. A lo lejos, a través de una ventana rota en el lateral de la bodega que aún no estaba totalmente envuelta en llamas, vio un pequeño bulto blanco moviéndose con desesperación.
El gato. Estaba atrapado tras un vidrio reforzado, en una zona que el fuego empezaba a lamer con hambre.
Miró hacia donde estaba Gabriel. Él estaba de espaldas, coordinando la presión del agua con Liam. Bella recordó su advertencia: "No te muevas de este radio". Pero la culpa por lo de Alma era un motor más fuerte que el miedo al Capitán.
Sin pensarlo, se agachó y se escabulló por el lateral, aprovechando que el humo creaba una cortina natural. Corrió con el corazón en la boca, esquivando mangueras y escombros. Al llegar a la ventana, tomó un madero del suelo y rompió el cristal. El calor la golpeó, quemándole las mejillas de porcelana.
—¡Ven aquí, gatito! —susurró, extendiendo los brazos.
Al principio, el gatito dudó, pero las llamas ya le habían quemado varios bigotes.
Bella se inclinó de nuevo hacia delante, extendiendo la mano hacia él.
Justo cuando las llamas volvieron a estallar tras ellos.
El animal, aterrorizado, saltó hacia ella clavándole las uñas en el brazo, pero Bella no lo soltó. Lo acurrucó contra su pecho y giró para salir corriendo de regreso.
—¡CARRINGTON! —el grito de Gabriel fue más fuerte que el rugido del incendio.







