Mundo ficciónIniciar sesión—¡Pues no me voy! ¡Tengo una orden de asignación oficial! —Isabella estaba tan indignada que empezó a manotear en el aire—. ¡Si crees que puedes amedrentarme solo porque eres alto y tienes mal carácter, estás muy equivocado!
En ese momento, algo se movió rápidamente por la pared de cemento, justo al lado de la bota de Isabella. Una lagartija pequeña, pero de movimientos erráticos, saltó hacia su zapato.
Para una mujer que había vivido en áticos de lujo donde el único animal que veía era un gato de angora, aquello fue el fin del mundo.
—¡AHHHH! ¡QUÉ ES ESO! ¡QUÉ ES ESO! —el grito de Isabella perforó los oídos de Gabriel.
Sin pensarlo, y movida por un pánico irracional, Isabella dio un salto hacia adelante. Pero no saltó hacia cualquier lado; saltó directamente sobre Gabriel. En un movimiento digno de una acróbata, enredó sus piernas alrededor de la cintura del capitán y sus brazos alrededor de su cuello, hundiendo el rostro en el hueco de su hombro mientras seguía gritando.
Gabriel, por puro instinto de bombero, la atrapó por los muslos para que no se cayera, quedándose congelado como una estatua. El perfume de Isabella, una mezcla de flores caras y algo dulce, lo golpeó de lleno, contrastando con el olor a humo y sudor de la estación.
—¡QUÍTALA! ¡MÁTALA! ¡ES UN MONSTRUO! —chillaba ella, apretándose contra él.
—¡Capitán! ¿Todo bien? —la voz de Lucas, el teniente, resonó desde el otro lado del hangar.
Gabriel giró la cabeza lentamente, todavía sosteniendo a Isabella en peso, quien parecía una mochila humana pegada a su pecho. Lucas, junto a Liam y Sofía, se habían quedado paralizados en la entrada de la cocina, mirando la escena con los ojos como platos y tratando de contener la risa.
—Capitán… no sabíamos que la nueva voluntaria venía con servicio de "transporte a caballito" incluido —soltó Lucas con una sonrisa burlona.
Gabriel sintió que la cara se le encendía, no sabía si de rabia o de algo más.
—¡Bájate ahora mismo! —le gruñó a Isabella al oído.
Isabella, dándose cuenta de la situación y de que estaba prácticamente montada sobre el hombre al que acababa de insultar, se soltó con la rapidez de un resorte. Cayó de pie, arreglándose la mochila y el cabello con una dignidad inexistente, mientras su rostro de porcelana se teñía de un carmesí violento.
—Había… había un caimán —mintió ella, recuperando el aire, aunque sus ojos todavía buscaban a la pequeña lagartija que ya había desaparecido.
—Era una lagartija de cinco centímetros, Bella —dijo Gabriel, limpiándose la camiseta como si ella lo hubiera ensuciado, aunque su corazón latía más rápido de lo normal—. Bienvenidos al mundo real. Lucas, llévate a la princesa a que conozca a Martha. Si sobrevive a la primera noche sin que un mosquito la secuestre, mañana empezaremos a ver si sirve para algo más que para gritar.
Gabriel se dio la vuelta sin decir más, pero Lucas pudo ver que sus manos estaban apretadas en puños. Isabella, por su parte, le sostuvo la mirada al capitán hasta que él se alejó.
—Es un imbécil —susurró ella.
—Es el mejor capitán que podrías tener —dijo Lucas acercándose con una sonrisa amable—, pero tienes razón, tiene el encanto de un cactus. Soy Lucas. Bienvenida a la 314, Bella. Prepárate, porque después de ese salto, vas a ser el tema de conversación de toda la cena.
Isabella suspiró, sintiendo que su nueva vida en Thalassa iba a ser mucho más incendiaria que la que había dejado en Olimpia.
La Estación 314 era un hervidero de actividad. Tras el bochornoso incidente de la lagartija, Lucas guio a Bella hacia la parte trasera del edificio, donde una mujer de cabellos canosos y delantal impecable revolvía una olla gigantesca que inundaba el lugar con un aroma a especias y hogar.
—Martha, te presento a Bella. Es la nueva voluntaria —anunció Lucas con una nota de diversión en la voz—. Viene de la ciudad, pero ya tuvo su primer "enfrentamiento" con el Capitán.
Martha se limpió las manos en el delantal y envolvió a Bella en un abrazo que olía a vainilla. Sus ojos eran cálidos, pero tenían esa chispa de quien sabe leer el alma.
—Bienvenida, pequeña. No le hagas caso a Gabriel; tiene el corazón blindado pero es un buen hombre. Aquí todos somos una familia, y la familia come junta. Siéntate, te serviré un poco de estofado antes de que estos salvajes lo devoren.
Bella apenas iba a agradecer el gesto cuando una sirena ensordecedora rasgó el aire. El sonido fue como un latigazo. Al instante, el ambiente cambió. Los bomberos que hace un segundo reían, ahora corrían hacia sus trajes con una disciplina militar.
—¡Calvelli! ¡Incendio estructural en el muelle viejo! —gritó la voz de un operador por la radio.







