Mundo ficciónIniciar sesión—Me dijo que ser bombero era lo que nos hacía humanos… y yo me burlé de ella. No puedo hacerle esto.
—Es la única forma de que sobrevivas mientras yo busco las pruebas para hundir a tu tío desde adentro. Toma esto —le entregó una mochila vieja con algo de ropa y algo de dinero en efectivo—. Tienes que irte ya. Hay un autobús que sale hacia la costa en una hora.
Isabella miró la mochila y luego a Thomas. La soberbia que la había definido durante años se desmoronó, dejando solo a una joven de veintiséis años que lo había perdido todo en una sola noche.
—Thalassa… —repitió ella, el nombre sonaba extraño en sus labios—. ¿Y si no puedo hacerlo? Thomas, yo no sé ser nadie más que Isabella Carrington.
—Tendrás que aprender. O tu tío ganará esta guerra.
El viaje en el autobús fue un borrón de paisajes grises y lluvia. Isabella se hundió en el asiento trasero, ocultando su rostro tras una gorra que Thomas le había dado. Cada vez que el vehículo se detenía, sentía que el corazón se le salía del pecho, temiendo que la policía o los hombres de Ebenices subieran a buscarla.
Vio por la ventana cómo los imponentes rascacielos de Olimpia se quedaban atrás, sustituidos por campos abiertos y, finalmente, por el azul profundo y agitado del mar. El aire cambió, volviéndose denso y salado.
Al bajar en la pequeña terminal de Thalassa, el viento marino le desordenó el cabello negro. Se sintió pequeña, desamparada, con solo una mochila y un nombre que no le pertenecía. Caminó por las calles empedradas, sintiendo las miradas curiosas de los lugareños. No era la "Reina de Olimpia" aquí; solo era una extraña manchada de hollín con los ojos cansados.
Se detuvo frente a un cartel que señalaba la dirección de la estación de bomberos y la zona de alquileres de la señora Martha. Suspiró profundamente, apretando las correas de su mochila.
—Lo siento, Alma —susurró al viento—. Pero voy a necesitar tu vida para recuperar la mía.
Thalassa no se parecía en nada a Olimpia. Aquí no había mármol ni aire acondicionado centralizado; solo el olor a salitre, el graznido de las gaviotas y un sol que parecía empeñado en resaltar cada mancha de suciedad en la ropa de Isabella. Ella caminó hacia la Estación 314, apretando las correas de su mochila. Se detuvo frente al gran portón rojo y tomó aire.
—Recuerda —se susurró a sí misma—, ahora eres Bella. Solo Bella.
Al entrar, el eco de unas risas masculinas y el sonido de metal golpeando metal la recibieron. En el centro del hangar, un hombre de espalda ancha, hombros imponentes y una camiseta azul marino que parecía a punto de reventar por la presión de sus músculos, estaba revisando las mangueras de un camión.
Isabella se aclaró la garganta, recuperando un poco de esa altivez que solía usar en las juntas de AEGIS.
—Disculpe —dijo, proyectando la voz—. Busco al encargado de este lugar.
El hombre no se dio la vuelta de inmediato. Terminó de enroscar una válvula con una fuerza que hizo que a Isabella se le apretara el estómago por una razón que no supo identificar. Cuando finalmente se giró, Isabella sintió que el aire se le escapaba. El hombre era una montaña de masculinidad ruda, con una mandíbula cuadrada, ojos gélidos que la escanearon de arriba abajo sin disimulo y una expresión de pocos amigos.
—El encargado está ocupado trabajando —respondió él con una voz grave que vibró en el pecho de Isabella—. Y las visitas guiadas para turistas perdidas son en el museo, no aquí, niñita.
Isabella apretó los dientes. Nadie le hablaba así. Nadie.
—No soy una turista y no estoy perdida —replicó ella, dando un paso al frente a pesar de la diferencia de altura—. Soy la nueva voluntaria. Mi nombre es Bella. Hubo un cambio de planes de último minuto en la central de Olimpia. Mi compañera, Alma, aceptó un puesto administrativo y a mí me asignaron esta estación para cubrir su plaza. Aquí están mis documentos.
Gabriel soltó una risa seca, irónica, y ni siquiera miró los papeles. Se cruzó de brazos, lo que hizo que sus bíceps se marcaran aún más.
—¿Tú? ¿Voluntaria? —Gabriel soltó otra carcajada—. Mira tus manos, Bella. Parecen de porcelana. Aquí cargamos equipos que pesan más que tú, nos metemos en estructuras que se caen a pedazos y sudamos m****a. Tú pareces el tipo de chica que se desmaya si se le rompe una uña.
—Escúchame bien, bombero de pacotilla —espetó Isabella, olvidando por un segundo que debía ser humilde—. No tienes idea de lo que soy capaz de aguantar. He manejado situaciones que harían que se te cayera ese uniforme de la impresión. Así que deja de ser tan condescendiente y dime dónde firmo.
—Vaya, la muñequita tiene dientes —Gabriel se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. Ella tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. Escucha, Bella. No sé a quién convenciste en la ciudad para que te enviara aquí, pero en mi estación no quiero estorbos. Esto no es un club social para niñas ricas que buscan una aventura emocionante.
—¡Eres un arrogante! —gritó ella, roja de furia—. ¡Exijo hablar con tu superior ahora mismo! No voy a tolerar que un bombero con complejo de dios me hable con esa ironía.
—Yo soy el superior, preciosa. Capitán Gabriel Calvelli. Y mi primera orden es que te des media vuelta y vuelvas al autobús de donde saliste.







