Verdad

—Las huellas no pertenecían a mi cliente. Pertenecían a un joven de veinte años que esa noche también estuvo en la fiesta y que utilizó las llaves del coche que Isabella había dejado en su bolso tras quedar inconsciente por la droga. El verdadero conductor, el hombre que atropelló a esa joven en la cuneta y llamó a su padre llorando en mitad de la noche para que le salvara el pellejo, fue

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