El abrazo duró un instante eterno. Un tríptico de cuerpos unidos por el terror superado y la ferocidad protectora. Ivanka temblaba aún, pero los sollozos brutales habían cedido, transformándose en un llanto silencioso que empapaba la camisa de Gianni. Sus dedos se aferraban a la tela como a un salvavidas, hundidos en la realidad sólida y cálida de él. Del otro lado, el brazo de Gabrielle, firme alrededor de sus hombros, era un baluarte adicional, una segunda pared contra el mundo.
Fue sobre ese