El Bentley negro se deslizó como un fantasma por el camino privado que llevaba a la casa de Summerlin. Eran las 2:17 de la madrugada, y el desierto que rodeaba Las Vegas era un manto de oscuridad silenciosa, roto solo por los faros del auto que cortaban la noche.
Dentro, Gabrielle manejaba con una mano casual sobre el volante, la velocidad era un susurro de poder contenido en el motor. Gianni iba en el asiento del copiloto, recostado, con la mirada perdida en las estrellas que parecían más bril