El Bentley negro serpenteaba por la carretera desértica que llevaba a Summerlin. El silencio dentro del auto era tan pesado y opresivo como el calor que ondulaba sobre el asfalto. Ivanka miraba fijamente por la ventana, pero su vista no se enfocaba en el desierto árido que se desvanecía en un borrón dorado; estaba perdida en los recovecos oscuros de su propia mente, en los demonios que la acechaban.
Gabrielle y Gianni, sentados a cada lado, intercambiaron una mirada cargada de preocupación sobr