El Bentley negro, seguido de cerca por una SUV discreta, abandonó la iluminación artificial de la Strip y se adentró en la oscuridad profunda del desierto de Nevada. El camino era una cinta de asfalto solitaria, flanqueada por la silueta fantasmal de montañas y la extensión infinita de arena bajo un manto de estrellas frías y distantes. En el interior, el silencio era pesado, cargado con el eco de los gritos ahogados y el olor a pólvora y sangre que aún se aferraba a sus ropas. Ivanka, sentada entre Gabrielle y Gianni, se había encogido sobre sí misma, la cabeza apoyada en el hombro de Gianni, sus dedos entrelazados con los de él con una fuerza desesperada. Gabrielle miraba por la ventana, su perfil una línea dura iluminada por las luces intermitentes de otros autos, su brazo rozando el de Ivanka, una presencia protectora adicional.
Tras lo que pareció una eternidad, los vehículos comenzaron a ascender por una carretera serpenteante hacia las colinas. Las luces de la ciudad se convirt