El Bentley negro, seguido de cerca por una SUV discreta, abandonó la iluminación artificial de la Strip y se adentró en la oscuridad profunda del desierto de Nevada. El camino era una cinta de asfalto solitaria, flanqueada por la silueta fantasmal de montañas y la extensión infinita de arena bajo un manto de estrellas frías y distantes. En el interior, el silencio era pesado, cargado con el eco de los gritos ahogados y el olor a pólvora y sangre que aún se aferraba a sus ropas. Ivanka, sentada