El mundo regresó a Ivanka en fragmentos de plomo y niebla. Primero fue el dolor. Un martilleo sordo en las sienes, heredero del químico dulzón que aún le empapaba la garganta. Luego, la pesadez. Como si su cuerpo fuera de piedra, inútil, extraño. Pero lo más agudo, lo que rasgó la bruma de la inconsciencia, fue la presión. Una opresión brutal alrededor de su torso, apretando sus costillas, inmovilizando sus brazos pegados a los costados. Atada. Concluyó, antes de que sus sentidos se alinearan por completo. Estaba atada.
Su cabeza cayó inerte hacia adelante, un peso imposible de sostener. Ligeros mechones de su cabello oscuro, empapados de sudor frío, revolotearon contra sus mejillas pálidas al ritmo de... ¿una brisa? Sí. Una brisa fría, cortante, que le lamía los tobillos desnudos y le levantaba la fina camiseta que llevaba bajo las ataduras. Un viento de alturas.
Forzó los párpados. Pesaban como compuertas de acero. La luz, tenue pero persistente, le golpeó las pupilas dilatadas. Par