El viaje de regreso a la ciudad fue un borrón. No recuerdo el paisaje, ni el tiempo que pasó. Solo recuerdo el silencio. Un silencio espeso y cargado que llenaba el interior del auto de Gael como un gas tóxico. Él conducía con una concentración feroz, sus manos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Yo me encogía en el asiento del pasajero, todavía temblando, pero ahora no por el frío de la noche ni por el miedo al accidente.
Temblaba por lo que venía. Por la verdad que ahora flotaba entre nosotros, tangible como un tercer pasajero.
No fuimos a un hotel ni a otro refugio. Fuimos directo a su casa. Todo estaba oscuro, nos fuimos por un par de días pero la atmósfera se sentía como si nos hubiéramos ido años. El frío se colaba por cada rincón y todo se veía impersonal. Pero lo sorprendente ahora no era eso, sino la cantidad de guardias que custodiaban la casa. Habían dos junto a la entrada y otros cuatro en el perímetro del jardín. Gael no bromeaba cuando dij