El viaje de regreso a la ciudad fue un borrón. No recuerdo el paisaje, ni el tiempo que pasó. Solo recuerdo el silencio. Un silencio espeso y cargado que llenaba el interior del auto de Gael como un gas tóxico. Él conducía con una concentración feroz, sus manos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Yo me encogía en el asiento del pasajero, todavía temblando, pero ahora no por el frío de la noche ni por el miedo al accidente.
Temblaba por lo que venía. Por la verdad