Las palabras de Gael seguían flotando en el aire, afiladas y venenosas. Asco. Repugnancia. Se clavaban en mi piel y se quedaban ahí, quemando. Ya no lloraba. Las lágrimas se habían secado, dejando solo una sensación de vacío y una verdad demasiado pesada para cargar sola.
Él seguía de pie junto a la ventana, su espalda una barrera impenetrable. El silencio era peor que sus acusaciones.
No podía quedarme callada. No después de todo. Si esto iba a terminar, si su asco iba a ser la última palabra