El mundo se volvió un túnel de luces borrosas y el sonido ensordecedor de mi propio corazón. La barandilla se acercaba, un dibujo de metal brillante contra la nada. Cerré los ojos, agarrándome al volante como si pudiera detener las leyes de la física.
Entonces, un rugido más profundo, más furioso que el de mi propio auto, estalló a mi izquierda.
Abrí los ojos en el instante en que una masa negra y enorme, una camioneta, se deslizaba al lado mío, casi rozando mi puerta. Por una fracción de segundo, vi el perfil de Gael al volante, su rostro iluminado por los instrumentos, una máscara de concentración pura y rabia.
No intentó pasarme. Hizo algo mucho más temerario.
Con un movimiento brusco, giró el volante y la camioneta se interpuso frente a mi auto, cruzando su carrocería masiva en mi camino.
Hubo un impacto. Un golpe sordo, metálico, que me sacudió contra el cinturón de seguridad. El sonido de vidrios astillándose, de metal retorciéndose. Pero no fue el choque violento y mortal