El café olía a grano tostado y panecillos. Era mi turno de temprano en la mañana, el más tranquilo, donde solo venían los clientes habituales con sus periódicos y su silencio. Yo limpiaba las mesas con movimientos automáticos, el cuerpo presente pero la mente en otra parte. En la conversación de ayer. En sus ojos cuando dijo "seguiremos jugando". En cómo se había ido sin hacer ruido, dejando un vacío que todavía sentía en el pecho.
Estaba recogiendo los platos de la mesa del rincón cuando el televisor encendido detrás de la barra cambió de tono. De la telenovela matutina pasaron a un noticiero de urgencia. No le presté atención al principio. Hasta que escuché el nombre.
"—...en un incendio de causas aún por determinar. La propiedad, un almacén logístico en el puerto, pertenece al heredero Hendrix, Gael Hendrix, quien recientemente—"
Los platos se me escaparon de las manos.
El estruendo fue violento en el silencio del café. Porcelana blanca estallando contra el piso de baldosas, pe