Pasaron dos días.
Cuarenta y ocho horas de silencio. No supe nada de Gael. Ni mensajes. Ni llamadas. Nada. Damian tampoco contactó, y ese silencio conjunto era aún más aterrador, como la calma antes de una tormenta que sabes que va a arrasar con todo.
En el tercer día, mientras empacaba café molido en el almacén del trabajo, mi teléfono vibró.
Un mensaje. Sin saludo. Sin preámbulos.
"Cena. 8 pm. Voy por ti a las 7:30. Vístete como desees, igual te ves hermosa con cualquier cosa."
Era Gael.