Pasaron dos días.
Cuarenta y ocho horas de silencio. No supe nada de Gael. Ni mensajes. Ni llamadas. Nada. Damian tampoco contactó, y ese silencio conjunto era aún más aterrador, como la calma antes de una tormenta que sabes que va a arrasar con todo.
En el tercer día, mientras empacaba café molido en el almacén del trabajo, mi teléfono vibró.
Un mensaje. Sin saludo. Sin preámbulos.
"Cena. 8 pm. Voy por ti a las 7:30. Vístete como desees, igual te ves hermosa con cualquier cosa."
Era Gael. Solo él podía mandar un mensaje que sonara a orden pero con las palabras correctas para no poder negarte.
No respondí. No hacía falta. A las 7:25 ya estaba lista, con un vestido rojo que nunca me había puesto—lo compré en una tienda hace años, pensando en una ocasión especial que nunca llegó. No tenía escote pero sí una abertura en la espalda, la falda larga y ajustada. Me miré en el espejo y sonreí satisfecha. La yo que me devolvía el espejo tenía otra vez el brillo en los ojos. No era el fa