Salí de la gala sin despedirme de nadie.
El aire de la noche era frío, un alivio después del calor sofocante de mentiras y perfumes caros. Caminé varias cuadras antes de encontrar una parada de autobuses. Podría haber tomado un taxi, pero mis fondos últimamente son escasos y ahorro para pagar la renta atrasada.
Los que me veían se me quedaban viendo de una manera extraña. No era para menos. Parecía una especie de novia a la fuga. Con el vestido azul recogido en una mano para no arrastrarlo por la acera sucia. Al subir al autobús me fui a uno de los asientos traseros. Ahí miré mi reflejo de la ventana. Mis ojos parecían más grandes, más oscuros. Como si hubiera visto algo que no debía.
No quería importunar a Gael. No quería que pensara que esperaba algo de él después del baile, después de esa conversación cargada de advertencias y confesiones extrañas. Así que me fui. Como una sombra.
Llegué a mi casa entrada la madrugada. Me quité el vestido, y aún con el maquillaje me dejé caer