El día comenzó con una opresión distinta, más pesada que el cansancio habitual. No era solo miedo; era la sensación de estar siendo empujada desde varios frentes al mismo tiempo, como si el espacio para respirar se estuviera reduciendo sin que nadie se molestara en avisarme. Caminé por la ciudad con la cabeza baja, sintiendo cada paso como una negociación silenciosa con el mundo: todavía puedo, todavía aguanto. Pero incluso esas frases empezaban a sonar huecas.
Damian llamó antes del mediodía.