Después de esas palabras, Gael no exigió nada. No pidió una respuesta, no buscó una confirmación, no esperó una promesa. Simplemente abrió la puerta del auto y me indicó que subiera, como si la conversación hubiera terminado por decisión suya y no quedara nada más que decir. Durante el trayecto no hablamos. El silencio no fue incómodo; fue deliberado, pesado, cargado de algo que todavía no sabía nombrar. Yo miraba por la ventana, intentando ordenar el caos en mi cabeza, mientras él conducía con