Elena se levantó temprano. No porque necesitara hacerlo, sino porque sabía que Gabriel no había dormido y esa era su primera jugada.
Bajó las escaleras con un aire de calma que contrastaba con la tensión que vibraba en las paredes de la mansión. La luz de la mañana entraba por los ventanales, bañándola en un brillo casi etéreo. Ni siquiera parecía cansada.
Gabriel estaba en la cocina, con los codos sobre la mesa, la camisa abierta y la mirada perdida en la tarjeta de Viktor. No la había solta