Mundo ficciónIniciar sesiónElena se levantó temprano. No porque necesitara hacerlo, sino porque sabía que Gabriel no había dormido y esa era su primera jugada.
Bajó las escaleras con un aire de calma que contrastaba con la tensión que vibraba en las paredes de la mansión. La luz de la mañana entraba por los ventanales, bañándola en un brillo casi etéreo. Ni siquiera parecía cansada. Gabriel estaba en la cocina, con los codos sobre la mesa, la camisa abierta y la mirada perdida en la tarjeta de Viktor. No la había soltado en toda la noche. Ella entró como si nada. —Buen día —dijo, sirviéndose café. Gabriel levantó la mirada. La observó de arriba abajo. No dijo nada. Perfecto. —Dormiste mal —comentó Elena, como si fuera una obviedad doméstica. —No te importa —respondió él, sin suavidad. Elena sonrió despacio, revolviendo el café. —Tienes razón, pero igual se nota. Gabriel apretó la mandíbula. Ella tomó un sorbo, dejó la taza sobre la mesada y lo miró como si estuviera analizando una pieza defectuosa. —No deberías obsesionarte tanto con Viktor —dijo ella, casual, casi amable—. La obsesión romperá tu corazón, mi amor. Gabriel golpeó la mesa con la palma abierta. —¿Qué carajo quieres, Elena? Ella no se inmutó. Se acercó al refrigerador, tomó una botella de agua, la cerró y al pasar junto a él dejó su mano rozar su hombro como si fuera una caricia involuntaria. Él se congeló. Ella lo sabía. —Yo no quiero nada —susurró, tan cerca que él sintió su respiración—. Solo estoy… viviendo. Y antes de que él respondiera, añadió sin mirarlo: —Hacé lo mismo, Gabriel. Te juro que no es tan difícil. Salió de la cocina con la botella en la mano, sin esperar respuesta, dejándolo herido en ese silencio que antes era suyo. Primera movida: minarlo emocionalmente. Segunda: hacerlo sentir impotente. Tercera: descolocarlo con una calma que antes no tenía. Y eso era solo el desayuno. Elena estaba en el jardín, sentada bajo la pérgola, leyendo un libro de tapa oscura que había traído de Rumanía. La brisa movía su cabello, y por primera vez en mucho tiempo, parecía en paz. Gabriel la observaba desde la ventana del estudio. No podía evitarlo. Esa nueva frialdad suya lo atraía tanto como lo destruía. Decidió bajar. Se acercó a la pérgola, frenó frente a ella. Elena levantó la mirada solo por cortesía, no por interés. —Quiero hablar —dijo él. —Siempre hablás —respondió ella—. Solo que nunca decís nada. Gabriel respiró hondo, conteniéndose. —Anoche, ¿fue necesario? Elena pasó la página del libro. —Absolutamente. —¿Qué estás buscando? —preguntó él, frunciendo el ceño. Ella cerró el libro con lentitud. Lo miró. No con furia, no con dolor. Con una serenidad que helaba la sangre. —Estoy buscando lo mismo que tú, Gabriel. —¿Ah, sí? ¿Y qué sería? —Ver cuánto resistes antes de quebrarte. —Lo dijo sin levantar la voz. Sin sonreír. Sin dramatismo. Solo la verdad desnuda. Gabriel dio un paso hacia ella, tenso, pero Elena se levantó antes de que él tocara siquiera su sombra. —No me toques —advirtió—. Todavía no decidí si volver a permitirlo. Se marchó hacia la casa, dejándolo ahí, respirando hondo, tratando de entender cuándo había perdido el control, y por qué no podía recuperarlo. Elena no lo miró al irse. No necesitaba hacerlo. Sabía que ya lo tenía pendiendo de un hilo invisible. Uno que ella manejaba con maestría. El juego recién empezaba, y Gabriel ya estaba ardiendo. *** Elena pasó gran parte de la tarde revisando documentos en la biblioteca. Había pedido que le devolvieran su clave de acceso al sistema financiero de la familia. No lo necesitaba realmente, pero quería que Gabriel supiera que estaba otra vez dentro de todo. Un simple gesto administrativo, pero suficiente para ponerle presión. No tardó ni quince minutos en aparecer en la puerta. —¿Para qué pediste acceso al sistema? —preguntó, cruzándose de brazos. Ella terminó de firmar un papel, lo dejó a un lado y recién entonces levantó la vista. —Porque quiero ver cómo manejaste todo este año. Gabriel frunció el ceño. —¿Y por qué te importa ahora? Elena ladeó la cabeza, como si la pregunta fuera inesperadamente ingenua. —Porque mientras yo estuve afuera, confié en que no ibas a arruinar algo tan básico como las inversiones. Y si me fallaste como esposo, mínimo espero que no me hayas fallado como socia. Gabriel cerró la mano en un puño. —Deja de hablar como si no te importara. —¿Qué quieres que diga? —preguntó ella, volviendo a sus papeles—. ¿Qué te extrañé? ¿Que lloré por ti? ¿Qué pensé en lo que hiciste? Eso sería darte demasiado crédito. Él dio un paso adelante. —Dilo. Si lo pensaste, dilo. Elena soltó una risa suave, sin alegría. —Lo único que pensé, Gabriel, fue cuánto tiempo tardarías en arruinarte solo. —No soy yo el que está jugando con terceros. Ella alzó una ceja. —¿Te refieres a Viktor? La mandíbula de Gabriel se tensó de inmediato. Justo lo que ella esperaba. Se puso de pie, despacio, caminando hacia él con la elegancia de alguien que sabe que domina cada gesto. —Hay algo que no entendiste —dijo ella, deteniéndose a medio metro—. Yo no necesito acostarme con nadie para sacarte de tu eje, me alcanza con existir. —Gabriel tragó saliva, y ella lo vio. Lo sintió. El impacto. El golpe perfecto, pero aún quedaba la estocada final. Elena pasó a su lado, avanzó tres pasos hacia la puerta, y antes de salir habló sin mirarlo:—Aunque si quisiera acostarme con Viktor, no tendrías forma de evitarlo. Gabriel la miró como si acabara de perder la respiración. —No lo harías —susurró, más para sí mismo que para ella. —¿Estás seguro? —dijo Elena, apoyando la mano en el marco de la puerta—. Porque yo ya no soy la mujer que dejaste ir aquella madrugada. Y se fue. Se alejó con la seguridad de quien pisa un tablero que ya descifró. Mientras Gabriel quedaba paralizado, con el corazón latiéndole demasiado rápido, la cabeza ardiendo y la certeza cruel de que, por primera vez, ella jugaba mejor que él. La noche cayó despacio en la mansión, pero dentro de Gabriel algo ardía, algo que no podía apagar: una mezcla explosiva de celos, miedo y deseo. La manera psicológica con la que Elena está jugando con él, lo estaba empezando a matar lentamente, y no sabía cuánto más iba a aguantar. La mansión estaba en silencio, tan profundo que cada paso de Gabriel parecía un golpe seco contra el piso. Caminaba sin rumbo, pasillo tras pasillo, como un animal acorralado que no encuentra salida. No podía dejar de escucharla. Si quisiera acostarme con Viktor, no tendrías forma de evitarlo. Desde que ella lo dijo, todo dentro de él se desmoronó. No lo admitía en voz alta, pero se veía obligado a enfrentar algo que jamás creyó posible: Elena ya no le pertenecía. Se apoyó contra la pared del corredor, cerró los ojos y respiró hondo. No funcionó. La respiración seguía entrecortada, tensa, como si la rabia le apretara las costillas. Bajó a su despacho. Encendió la luz y vio la tarjeta de Viktor Andrei sobre el escritorio. Donde él mismo la había arrojado más temprano. Era una provocación en forma de rectángulo blanco, un recordatorio constante de que otro hombre había tomado un lugar que él había dejado descuidado. Gabriel la tomó con fuerza. —Hija de puta… —murmuró entre dientes, aunque no sabía si se refería a Viktor, a Elena o a sí mismo. La apretó hasta casi doblarla, pero no la rompió. No podía. Romperla sería aceptar que le importaba. Que le dolía. Y Gabriel Montenegro no se permitía ese tipo de debilidad. Nunca. Se sirvió un vaso de whisky. Lo bebió de un trago. Otro y otro, pero no era suficiente. Nunca lo era cuando se trataba de ella. Golpeó el escritorio con el puño. La madera retumbó pero no alivió nada. La ira seguía intacta, como un animal devorando desde adentro. —Dime que no lo hiciste… —susurró, hablándole al aire, como si Elena pudiera escucharlo desde cualquier lugar de la casa—. Dime que no estuviste con él… Ninguna respuesta. Por supuesto que no. El silencio era una tortura que ella había aprendido a usar contra él. Caminó de un lado a otro como si pudiera desgastar el piso. Lo único que logró fue aumentar su desesperación. Volvió a mirar la tarjeta. Volvió a escuchar sus palabras. Volvió a sentir ese vacío insoportable en el centro del pecho. —No puedo… —admitió en un murmullo ahogado—. No puedo perderte así… Y ahí estaba, la frase que jamás había pronunciado. La verdad que lo hacía sentirse débil, expuesto, ridiculizado. Se dejó caer en la silla, apoyando los codos en las rodillas, llevando ambas manos al rostro. Era el hombre más temido de Buenos Aires. Y estaba quebrándose por una sola mujer. Por la única mujer capaz de quebrarlo. Pasaron minutos, o quizás horas, antes de que él levantara la cabeza y respirara con fuerza, decidido a hacer algo que nunca se había permitido: Dejar que la desesperación hablara más fuerte que el orgullo. Se puso de pie. Tomó el teléfono. Marcó un número. —Necesito que averigües todo sobre Viktor Andrei. Ya. Cortó antes de que el hombre al otro lado pudiera responder. La primera grieta ya estaba hecha. Y, mientras la noche avanzaba, Gabriel entraba en un territorio peligroso: la obsesión. El whisky ya no le quemaba la garganta, ya no sentía nada. O sentía demasiado, todo al mismo tiempo. Miró el reloj. 02:43 a.m. Demasiado tarde para hablar con ella, demasiado temprano para seguir esperando. Gabriel no era un hombre paciente, nunca lo había sido, y esa noche… mucho menos. Se levantó de la silla de un impulso, casi volcándola. Abrió el cajón superior del escritorio y sacó las llaves de su auto. No pensó en abrigos, no pensó en formalidades, no pensó en consecuencias. Sólo pensó en ella. En Elena. En su perfume extranjero, en su mirada fría. En la posibilidad, horrible e insoportable, de que otro la hubiera tocado. No puedo quedarme sentado. Bajó las escaleras con pasos violentos, cada uno una declaración de guerra. La mansión estaba oscura, pero él la conocía de memoria. Podía llegar a la puerta con los ojos cerrados, y casi lo hizo. La abrió de un golpe y el viento frío de la madrugada le azotó la cara. No lo frenó. Nada lo frenaría. Se subió al auto, encendió el motor, y salió a toda velocidad por la entrada principal. Ni siquiera sabía a dónde iba. La lógica habría dictado que fuera a buscar a Viktor, intimidarlo, y dejarle claro quién era el que mandaba, pero no. Gabriel no quería enfrentarse a Viktor. Él quería enfrentarla a ella, quería que lo mirara. Quería que hablara y que dejara de ser fría, aunque fuera para gritarle, porque ese silencio la estaba volviendo más fuerte, y a él, más débil. A mitad de camino frenó en un semáforo desierto. Tenía las manos temblando. —Necesito verla. Lo dijo en voz baja, como si fuera una confesión demasiado íntima. Como si admitirlo lo lastimara. Y lo lastimaba. Giró el volante bruscamente, tomó el camino hacia la casa. La casa donde ahora vivía ella. Sin él. Por decisión propia. Mientras conducía, los pensamientos lo estrangulaban: No puede ser que me rehúya. No puede ser que me haya reemplazado. No puede ser que no me necesite. Apretó los dientes y pisó el acelerador. Cuando llegó, estacionó de golpe frente a la entrada. La calle estaba en silencio, apenas iluminada por faroles intermitentes. Gabriel bajó del auto con un único propósito: verla. No sabía si iba a tocar la puerta, si iba a entrar, si iba a exigir una explicación, si iba a pedir perdón o si iba a gritar, pero necesitaba verla. Necesitaba saber si todo lo que había visto en sus ojos era real. Caminó hacia la puerta, levantó la mano para tocar, y antes de hacerlo se quedó congelado. Luz. Una luz tenue que se encendió en el piso superior. La habitación de Elena. La sombra de alguien moviéndose dentro. Una silueta. Una silueta que no estaba sola. Gabriel sintió cómo la sangre le abandonaba el cuerpo. Cómo el aire desaparecía. Cómo algo antiguo, violento, primitivo despertaba dentro de él. Ese segundo le robó toda la razón. Y su decisión impulsiva se transformó en algo mucho más peligroso: —No lo voy a permitir —susurró, con la voz quebrada y la mirada incendiada. No estaba hablando de Viktor. Estaba hablando de perderla. Y en su mente, ese concepto dejó de ser una posibilidad. Se convirtió en una amenaza. Una que él estaba dispuesto a destruir. Con todo. Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por miedo, no por sorpresa, sino por ese sexto sentido tan fino que había desarrollado en Rumanía… esa intuición que le decía cuándo Gabriel Montenegro estaba cerca. Estaba caminando por el pasillo lateral del salón, las luces cálidas reflejándose en su vestido verde esmeralda, cuando algo dentro de ella se tensó. —¿Qué pasa? —preguntó Viktor, notando cómo ella aminoraba el paso. Elena no respondió. Solo inclinó un poco la cabeza, como si estuviera escuchando algo que él no podía oír. Su pecho subió y bajó despacio. Luego, una sonrisa minúscula, peligrosa, se formó en su boca. —Él está aquí —susurró. Viktor no tuvo que preguntar quién. Ella dio un paso más, y otro, y otro, como si siguiera esa presencia en el aire. Entonces lo vio. Gabriel estaba a pocos metros, semioculto detrás de una columna, los puños cerrados, la mandíbula tensa. No había venido por casualidad. No estaba ahí por negocios. Había ido a buscarla, a verla, a confirmar algo que lo estaba consumiendo. Ella lo sintió mirarla con una mezcla de rabia, deseo y desesperación. Ese temblor en la mirada que solo conocía un hombre que estaba perdiendo. Y Gabriel Montenegro… no sabía perder. Elena no apartó la vista. Lo sostuvo. Lento. Frío. Preciso. Y fue entonces cuando tomó su decisión. Giró apenas el rostro hacia Viktor y deslizó una mano por su pecho. —Quédate quieto —le dijo en un murmullo suave. —¿Por qué? —Porque nos están observando. Viktor tensó el cuerpo, pero no discutió. Siempre la obedecía cuando ella hablaba con ese tono. Elena volvió a mirar a Gabriel, que ya no respiraba con calma: el pecho subía rápido. El control que tanto lo había definido estaba desmoronándose. Ella dio un paso hacia Viktor. Gabriel dio un paso al frente sin darse cuenta. Elena inclinó el mentón, como un desafío. Gabriel apretó la mandíbula, los ojos oscuros clavados en ella. Entonces, Elena terminó el juego. Con una suavidad calculada, tomó el rostro de Viktor entre sus manos. Su movimiento fue lento, deliberado, lo suficientemente claro como para que Gabriel viera cada detalle, y lo besó. No un beso rápido. No un beso tímido. Un beso seguro. Profundo. Un beso que no pedía permiso. Un beso que decía: esto es mío y no tuyo. Gabriel se quedó inmóvil. Como si el golpe fuera físico. Como si ese beso hubiese dividido su mundo en dos. Su respiración se volvió irregular, sus ojos se encendieron de furia pura. Él no era un hombre que se quebrara fácilmente, pero Elena Morgan, sabía exactamente dónde romperlo. Elena se separó del beso lentamente, pasando el pulgar por el labio de Viktor. Y sin dejar de mirar a Gabriel, sonrió. No una sonrisa dulce. Sino una sonrisa que decía: Empezó el juego, y vas perdiendo. Gabriel dio un paso más, ya al borde de explotar. Y Elena, simplemente levantó una ceja, victoriosa.






