La mañana no amaneció. Se derramó.
La luz no entró: se filtró como una herida mal cerrada entre las nubes grises que cubrían la mansión Montenegro. Los árboles del enorme jardín se mecían como si obedecieran a una orden muda, mientras un viento helado golpeaba los ventanales antiguos.
Adentro, el aire estaba cargado.
Así se siente una casa cuando dos personas están dejando de ser marido y mujer para convertirse en enemigos silenciosos.
Elena abrió los ojos antes de que el sol siquiera se an