La mañana comenzó con un aire extraño, tan denso que parecía presagiar algo oscuro. Lara abrió los ojos despacio, dejando que la luz tenue del amanecer se filtrara por las cortinas de su loft de Puerto Madero, un espacio demasiado elegante para alguien que vivía de obsesiones más que de sueños. Había silencio. Un silencio casi eléctrico, como si la ciudad misma estuviera conteniendo el aliento, y Lara, que tenía un instinto casi animal para lo que se avecinaba, lo supo de inmediato: algo había