En la mansión Montenegro, al parecer, la rutina siempre era levantarse temprano. El protocolo, el entrenamiento, los movimientos de hombres armados entre el jardín y la entrada, hacía difícil poder quedarse en la cama hasta tarde, algo que molestaba a Elena de sobremanera. Allí no se vivía, se sobrevivía con clase, y Elena lo notó desde el primer día. Todo olía a control, desde los guardias en la entrada, hasta el ama de llaves que rondaba por los pasillos de aquella mansión. Ella no era el tipo de mujer que se dejaba domesticar, ni mucho menos doblegar, pero por ahora estaba aprendiendo las reglas del juego para poder tener todo a su favor en caso de un prematuro divorcio. No era estúpida, ella sabía y se daba cuenta de las cosas: las puertas cerradas, las miradas que la seguían, las conversaciones que cesaban cuando ella entraba hacían todo más evidente, nadie ahí confiaba en ella, y estaban esperando algún tipo de movimiento de su parte. Después de todo, era una Morgan entre l
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