El silencio se había instalado en la mansión Montenegro como un huésped no invitado.
Desde aquella noche en la biblioteca, Gabriel apenas dormía.
Elena, por su parte, caminaba por los pasillos con una calma casi cruel, como si cada paso suyo estuviera medido para recordarle que ella mandaba ahora.
No habían vuelto a discutir, pero cada mirada, cada gesto, era un campo de batalla invisible.
Esa mañana, la tensión se podía sentir hasta en los empleados.
El desayuno estaba servido en el comed