CAPÍTULO 11

El silencio se había instalado en la mansión Montenegro como un huésped no invitado.

Desde aquella noche en la biblioteca, Gabriel apenas dormía.

Elena, por su parte, caminaba por los pasillos con una calma casi cruel, como si cada paso suyo estuviera medido para recordarle que ella mandaba ahora.

No habían vuelto a discutir, pero cada mirada, cada gesto, era un campo de batalla invisible.

Esa mañana, la tensión se podía sentir hasta en los empleados.

El desayuno estaba servido en el comedor principal, pero ninguno de los dos se había atrevido a sentarse primero.

Elena entró con el cabello recogido en un moño impecable y un vestido negro de manga larga que delineaba su figura sin esfuerzo.

Gabriel ya estaba ahí, con la camisa desabrochada en el cuello, los ojos oscuros, la barba marcada por noches en vela.

Ella se sirvió café.

Él, whisky.

—Son las ocho de la mañana —dijo Elena, sin mirarlo.

—Y llevo despierto desde las tres —respondió Gabriel, con el mismo tono cortante.

Silencio.

El sonido de la lluvia contra los ventanales llenó el espacio.

Elena cruzó las piernas y tomó un sorbo de café con lentitud.

—Deberías cuidarte, Gabriel. No te veo bien.

Él soltó una risa sin humor.

—No me digas que ahora te preocupa mi salud.

—No —contestó, mirándolo al fin—. Pero me preocupa que te derrumbes antes de que yo termine de verte caer.

La frase lo atravesó como una bala.

Gabriel dejó el vaso sobre la mesa con fuerza.

—¿Qué estás buscando, Elena? ¿Ver hasta dónde puedo soportar?

—No. —Se inclinó un poco hacia él, con una media sonrisa—. Quiero ver hasta dónde eres capaz de mentirte para no admitir que todavía me deseas.

Gabriel se quedó inmóvil.

Sus respiraciones eran lo único audible entre ellos.

Sabía que si decía algo, cualquier cosa, ella ganaría otra vez.

Y lo odiaba por eso.

Elena se levantó, caminó alrededor de la mesa y se detuvo justo detrás de su silla.

Su voz fue un susurro helado, pero cada palabra pesaba más que el silencio:

—No hay guerra más brutal que la que se libra entre dos personas que alguna vez se amaron.

Gabriel giró apenas el rostro, lo suficiente para verla de reojo.

—¿Y piensas ganar esa guerra?

Elena apoyó una mano en su hombro.

Su tacto fue ligero, pero él sintió el mismo estremecimiento que años atrás, cuando la tuvo entre sus brazos.

—No pienso ganarla —susurró ella—. Pienso disfrutarla.

Lo soltó y se alejó con pasos lentos, dejando el eco de sus tacos resonando por el piso de mármol.

Gabriel se quedó inmóvil, la mandíbula tensa, el pecho ardiendo.

Sabía que estaba al borde.

Que ella lo había llevado justo hasta el límite, y que todavía no había empezado lo peor.

***

La mansión estaba completamente a oscuras. Ni una luz encendida.

Solo el sonido distante del viento y el crujido del parquet bajo los pasos de Gabriel.

Llevaba horas sin poder concentrarse.

Horas repitiendo en su cabeza la escena del desayuno, la calma venenosa de Elena, la forma en que lo había tocado apenas con un dedo, como si lo conociera mejor que él mismo.

Era tarde, casi medianoche, y aún así, la idea de dejarla dormir tranquila le resultaba insoportable.

Se levantó de la silla de su oficina, empujándola hacia atrás con brusquedad, y salió al pasillo. Sentía el cuerpo tenso, el corazón acelerado. No sabía qué iba a decir, ni sabía qué buscaba. Solo sabía que necesitaba verla.

La puerta de su habitación estaba entreabierta, una luz tenue escapaba por la rendija.

Gabriel empujó la puerta, Elena estaba sentada frente al tocador, de espaldas, con el cabello suelto cayendo en cascada oscura sobre la bata de satén.

La luz cálida iluminaba su piel pálida y el hombro descubierto.

Ella no se giró cuando él entró.

—Entrar sin tocar parece haberse convertido en un hábito tuyo —dijo con voz suave, como si él no la incomodara en absoluto.

Gabriel cerró la puerta detrás de él.

—Deja de provocarme.

Elena sonrió levemente sin mover un músculo más que los labios.

—No sabía que existía algo capaz de desestabilizar tanto al gran Gabriel Montenegro.

Él caminó hacia ella.

Su reflejo se fue formando en el espejo: la figura grande, la camisa arrugada, la mandíbula tensa.

Ella lo miró desde el espejo con una expresión helada.

—Tú sabes muy bien lo que estás haciendo —dijo él, más bajo—. Y cómo me afecta.

—No es mi problema —respondió ella, cruzando las piernas lentamente— que no puedas controlarte.

Gabriel apoyó ambas manos en el borde del tocador, encerrándola sin tocarla.

Elena no se movió ni un centímetro.

Él podía sentir el perfume frío en su piel, podía ver cómo su respiración apenas cambiaba.

—No me provoques —murmuró él, casi contra su oído.

—¿Y si quiero provocarte? —preguntó ella, inclinando apenas la cabeza hacia él.

Ese gesto lo descolocó.

Era una amenaza disfrazada de caricia.

Gabriel cerró los ojos un segundo, respirando hondo para no ceder.

—No juegues conmigo, Elena.

Ella giró lentamente la cabeza hacia él.

Sus labios quedaron muy cerca.

—No estoy jugando. —Su tono era suave, casi dulce, pero con una herida detrás—. Te estoy devolviendo lo que me hiciste.

Él parpadeó, sorprendido por la sinceridad brutal en sus palabras.

La mano de Gabriel subió, intentando tocar su mejilla, pero Elena la tomó antes de que la alcanzara, deteniéndolo sin fuerza, pero con autoridad.

—No te lo ganaste —susurró.

Le soltó la mano, y se levantó despacio, dejando que la bata se deslizara un poco más sobre su hombro, como si supiera perfectamente el efecto que eso tenía en él.

Camino hacia la puerta con pasos silenciosos.

—Buenas noches, Gabriel.

La puerta se cerró detrás de ella sin un golpe, solo un clic suave que lo dejó solo con su rabia y su deseo.

Gabriel inclinó la cabeza y apoyó ambas manos en el tocador, tenía respiración pesada, los músculos tensos y el corazón ardiendo.

La estaba perdiendo, ella lo sabía, pero peor aún… Él sabía que, aunque quisiera, no podía detenerla.

Ni a ella.

Ni a lo que había despertado en ambos.

La luz de la mañana entró por las cortinas blancas, fría y limpia, como si el mundo no hubiera sido desgarrado unas horas antes.

Elena ya estaba despierta mucho antes de que el sol apareciera. Dormir había sido imposible y se había ido a la habitación de huéspedes después de dejar a Gabriel en su propio veneno, y aunque descansó el cuerpo, la mente siguió trabajando.

Había aprendido algo esa noche, Gabriel no estaba listo para perderla, y ese sería su punto más vulnerable.

Se duchó, se vistió con un pantalón de vestir negro y una blusa beige, suave, elegante, tan minimalista como distante.

Se miró un momento en el espejo. Esa mujer no era la que había huido rota un año atrás.

Era otra.

Entera.

Fría.

Exacta.

A las siete bajó a la cocina.

Los empleados se tensaron apenas la vieron.

—Buen día —dijo con un tono que era amable, pero no cálido.

La cocinera se apresuró a servirle café y dejar a su lado un plato con medialunas.

Elena no solía desayunar ahí, con el personal, pero esa era la idea.

Mover las piezas.

Alterar el orden interno.

Hacer que la casa dejara de orbitar alrededor de Gabriel.

—Señora Elena… —balbuceó una de las empleadas—. ¿Quiere que lleve esto al comedor?

—No —respondió, tomando un sorbo de café—. Hoy quiero desayunar aquí.

Se hicieron silencio.

Un silencio incómodo, alerta.

Perfecto.

A las 7:25, escuchó pasos en el pasillo.

Reconoció ese ritmo, esa firmeza, esa presencia pesada incluso sin verlo.

Gabriel.

La cocinera se quedó paralizada frente a la mesada.

El jardinero, que acababa de entrar a buscar agua, retrocedió como si hubiera visto un tigre.

Gabriel apareció en la entrada de la cocina.

Elena sintió su mirada en su nuca antes de levantar la vista.

Él estaba con la camisa blanca remangada y el saco sobre un brazo.

Ojeroso.

Tenso.

Harto.

—¿Qué estás haciendo acá? —preguntó él, sin rodeos.

Elena tomó una medialuna con total calma.

—Desayunando.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Es raro verte desayunar aquí, nunca lo haces—Cambié algunos hábitos —respondió sin dejar de mirarlo—. ¿Pasa algo?

Los ojos de él se oscurecieron un segundo.

Los empleados quedaron inmóviles, tratando de desaparecer.

Elena dejó la medialuna sobre el plato, cruzó las piernas y sostuvo su mirada sin pestañear.

—Si quieres hablar, podemos hacerlo —dijo ella—. Pero sin gritos, sin escenas. No frente a la gente.

Gabriel inspiró hondo.

Se acercó lentamente.

Elena no se movió ni un centímetro.

Se inclinó hacia ella.

Muy cerca.

Demasiado.

—No vuelvas a dejarme hablando solo como anoche —murmuró en voz baja.

Elena sonrió apenas.

—Entonces aprendé a escuchar, Gabriel.

Él cerró los ojos un instante.

Ese tono.

Esa calma.

Esa sutileza que lo desarmaba y lo hacía arder al mismo tiempo.

—Quiero hablar con vos —dijo él, más firme.

—Más tarde —respondió ella—. Tengo una visita.

Gabriel abrió los ojos, confundido.

—¿Qué visita?

—Viktor Andrei.

El aire se congeló.

Gabriel tardó un segundo en procesar ese nombre.

Cuando lo hizo, sus pupilas se contrajeron.

La cocinera dejó caer una cuchara.

El jardín entero pareció quedarse mudo.

Elena tomó otro sorbo de café, tranquila.

—No te preocupes —añadió con suavidad—. Solo vamos a conversar.

Era mentira, y él lo sabía.

Gabriel dio un paso hacia ella. Después otro.

La respiración del hombre era pura tensión sostenida.

—¿Qué carajo hace ese tipo viniendo a mi casa?

Elena apoyó la taza con cuidado.

—Lo invité.

Sonrió. Una sonrisa controlada, leve… pero peligrosísima.

Gabriel la miró como si hubiera recibido un golpe en el pecho.

—Elena…

—No hagas escenas —lo interrumpió ella, levantándose—. Si Viktor llega y te ve así, va a pensar que estás… inseguro.

Gabriel dio un paso al frente, casi instintivo.

—No lo estoy.

—Lo estás —dijo ella, acercándose lo suficiente para que él sintiera su perfume—. Y hoy te vas a dar cuenta cuánto.

Pasó a su lado con elegancia, sin rozarlo siquiera.

Gabriel se quedó quieto.

Furioso.

Celoso.

Perdido.

Y por primera vez desde que ella volvió…

totalmente consciente de que podía perderla de verdad.

***

Elena se colocó los aros largos de plata frente al espejo del vestidor, su mirada fría reflejada como un filo perfectamente afilado. Su perfume nuevo, uno que Gabriel jamás había olido en ella, llenaba la habitación con una esencia oscura e hipnótica, una mezcla que parecía hecha para alguien más, no para él.

Gabriel la observaba desde la puerta, apoyado en el marco, con los brazos cruzados. No había dormido bien desde que ella volvió. Su presencia lo descolocaba, como si ya no pudiera leerla, como si la mujer que recordaba hubiese desaparecido en las calles frías de Bucarest.

—Vas muy arreglada para un café —murmuró él, tratando de sonar casual.

Elena siguió ajustándose la pulsera sin mirarlo siquiera.

—No te pedí tu opinión —respondió con suavidad, que dolió más que cualquier grito.

Gabriel apretó la mandíbula.

No estaba acostumbrado a esa indiferencia.

Él era el hombre que temían en la provincia entera, pero ahora, no podía ni controlar la distancia de su propia esposa.

—¿Con quién te vas a encontrar? —preguntó, medio molesto, medio inquieto.

—Con alguien que entiende de negocios —respondió ella finalmente, mirándolo por el espejo. Su sonrisa era mínima… peligrosa.

—¿Hombre o mujer?

—¿Eso te importa? —replicó, arqueando una ceja.

Él dio un paso adelante.

Sí, le importaba.

Y demasiado.

—Elena. Contesta.

Ella se giró despacio, sosteniendo su clutch negro bajo el brazo. Su postura era perfecta, casi aristocrática, pero lo que más lo inquietaba era la calma con la que lo enfrentaba. No había calor en su mirada. No había duda. No había culpa.

—Es un hombre —dijo al fin—. ¿Te deja más tranquilo saberlo o peor?

La respiración de Gabriel se hizo pesada.

—¿Estás haciendo esto para molestarme?

—No —respondió ella, caminando hacia él con pasos elegantes—. No todo gira alrededor tuyo, Gabriel. Te sorprendería cuántas cosas puedo hacer sin pensar en ti.

Esa frase fue un golpe directo.

Un golpe que él no pudo esquivar.

—Él no te conoce —dijo él, intentando recuperar el control—. No sabe quién eres. No sabe quién soy yo.

—Justamente por eso es refrescante —respondió Elena, pasando junto a él sin tocarlo—. Y no te preocupes, no necesito que nadie me conozca para ser interesante.

Gabriel la tomó del antebrazo, apenas, sin fuerza, pero lo suficiente como para que ella se detuviera.

—No juegues conmigo, Elena.

Ella lo miró por encima del hombro.

—¿Te molesta? —preguntó en un susurro venenoso—. ¿Cuándo dejaste de jugar conmigo?

El silencio cayó entre los dos como una bomba.

Gabriel la soltó, sintiendo un peso frío hundirse en su pecho.

Elena avanzó hasta el ascensor privado. Antes de que las puertas se cerraran, giró ligeramente la cabeza.

—No me esperes despierto.

Las puertas se cerraron.

Gabriel quedó solo, con la rabia latiendo detrás de sus costillas, con una mezcla de frustración, miedo y un deseo insano que le quemaba la garganta.

Nunca había necesitado a nadie.

Nunca había sentido perder a alguien, pero con Elena todo era diferente, y ella lo sabía.

Gabriel pasó horas dando vueltas por el penthouse como un animal enjaulado. Cada reloj, cada sombra, cada recuerdo se le clavaba como una espina. No podía pensar en nada más que en ella: en cómo había salido, en cómo lo había mirado, en cómo lo había ignorado.

Cuando por fin el ascensor sonó anunciando el regreso de Elena, él estaba de pie en medio del living, rígido, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños.

Elena entró con una calma insultante, venía impecable, sin una arruga en la ropa, el cabello perfecto, el maquillaje intacto, pero había algo distinto:

una sonrisa suave, pequeña, privada.

Una sonrisa que no era para él.

—¿Qué tal tu café? —preguntó Gabriel, sin moverse.

—Delicioso —respondió ella mientras dejaba su abrigo sobre el sillón, como si él no estuviese ahí.

—¿Con quién estabas? —preguntó él, con voz grave, al borde del control.

—Con un conocido.

—¿Nombre?

Elena lo miró apenas un segundo, como si evaluara cuánto placer le daba provocarlo.

—No creo que te haga falta.

Gabriel avanzó un paso. Ella no se movió.

—Dije. Nombre.

Elena suspiró con paciencia, como si estuviera lidiando con un niño caprichoso.

—Viktor.

El mundo de Gabriel se comprimió en un punto.

—¿Viktor? —repitió él, apenas con un hilo de voz.

—Sí —dijo ella, y la manera en que lo pronunció fue letal—. Querías un nombre. Te lo dije.

Gabriel sintió una puñalada caliente de celos atravesarle el pecho.

Era él.

El mismo hombre con el que Elena había pasado todo ese año.

El que le había enseñado ese perfume, esa postura, esa mirada nueva.

Elena pasó a su lado para ir hacia la cocina. Él la atrapó de la muñeca.

Ella no se sobresaltó.

No retrocedió.

No lo temió.

Se limitó a levantar el rostro y mirarlo como si él fuese nada más que una sombra insistente.

—Suéltame, Gabriel —dijo ella con voz controlada—. O te vas a arrepentir.

Él apretó apenas más, sin hacerle daño, pero sin dejarla escapar.

—¿Estuviste con él? —preguntó, y su voz sonó rota, desesperada, completamente deshonesta con la imagen del hombre poderoso que era.

Elena ladeó la cabeza, observándolo como si tratara de decidir cuánto hacerle sufrir.

—¿Qué te hace pensar que te lo voy a contar?

Eso fue demasiado.

Gabriel la atrajo hacia él con brusquedad, pero Elena no se descompuso. Lo miró directo a los ojos, desafiante, firme… inmune.

—No soy tu enemigo —gruñó él.

—Eso dices ahora —susurró ella—. Pero cuando me mentiste durante meses, ¿qué eras? —Gabriel sintió el golpe. Ella se soltó con un giro rápido y dio dos pasos atrás, poniendo una distancia cortante entre ambos—. ¿Sabes qué es lo peor, Gabriel? —preguntó, su tono frío como acero—. Que pensaste que yo iba a esperar sentada a que volvieras a quererme.

Gabriel cerró los ojos un instante, respirando hondo, pero la rabia mezclada con dolor le quemaba la garganta.

—Elena…

—No —lo interrumpió ella—. Ahora vas a aprender a perder.

Esa frase lo destruyó.

Ella lo dejó ahí, plantado, herido, sin aire, mientras se dirigía al dormitorio con la misma calma con la que se apaga una vela después de incendiar un bosque.

Gabriel no la siguió.

No podía.

Sus propios celos lo tenían arrodillado por dentro.

***

Gabriel seguía en el living, quieto, respirando como si cada inhalación doliera. La casa estaba demasiado silenciosa, demasiado grande, demasiado vacía sin ella cerca.

Entonces escuchó pasos suaves.

Elena volvió a aparecer en la puerta del pasillo, ya cambiada: llevaba un camisón de seda negra que caía sobre su cuerpo como agua oscura, dejando la espalda al descubierto. No era casual. Nada en ella lo era desde que había vuelto.

Se acercó hasta donde él estaba. No demasiado. Solo lo suficiente para que Gabriel sintiera el perfume que no conocía. Uno que no era el que usaba cuando estaba con él. Uno que seguramente había usado allá.

—Mañana salgo temprano —dijo ella con suavidad, como si estuviera mencionando el clima.

—¿Con quién? —preguntó él, seco, tenso.

Elena sonrió apenas, sin mostrar dientes.

Una sonrisa hecha para cortar.

—No te preocupes —susurró—. Con alguien que sabe tratarme bien.

Gabriel sintió el golpe directo al estómago, pero ella no había terminado.

Se inclinó un poco hacia él, lo suficiente para que su aliento rozara su mejilla, sin tocarlo… y deslizó una tarjeta en el bolsillo interno de su saco.

—Si te preocupa tanto, puedes llamarlo tú mismo y sacarte la duda.

Gabriel abrió los ojos de par en par.

Metió la mano en el bolsillo.

Sacó la tarjeta.

Viktor Andrei.

Un número rumano.

El sello de su empresa.

Elena lo observó en silencio, con esa calma nueva, peligrosa, fría.

—A veces la verdad es más fácil de digerir cuando la escuchas de la boca correcta —dijo, dándose media vuelta, y antes de irse, añadió:

—Duerme bien, Gabriel, porque yo si lo hago.

Se alejó por el pasillo con la seda del camisón bailando tras ella, dejando en el aire el perfume extranjero, la tarjeta en su mano, y la certeza cruel de que ya no la poseía… si es que alguna vez la había poseído.

Gabriel se quedó solo en medio de la sala, temblando de furia, dolor y celos, con el nombre de Viktor ardiendo en la palma de su mano.

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