La ciudad terminaba de oscurecerse cuando Gabriel Montenegro dejó atrás la fachada del empresario, la cara dura y el control que fingía frente a sus hombres. Caminó por el estacionamiento vacío, sin escuchar nada más que el eco de sus pasos y la respiración pesada que trataba de estabilizar desde hacía horas. Sabía perfectamente qué lo estaba consumiendo por dentro: no era solo la imagen de Elena tomada del brazo de Viktor, era el giro completo de un destino que él creía tener controlado, pero