El eco del disparo y la voz de Hywell, "¿Nos vamos, esposa?", resonaban en los oídos de Jade mientras la figura imponente del hombre se cernía sobre ella. El cuerpo de Robert yacía inerte a sus pies, una mancha oscura sobre los pétalos de rosa.
La iglesia, ahora desierta y silenciosa, se sentía como el escenario de una pesadilla de la que no podía despertar.
Jade, aún con el ramo en las manos, se quedó paralizada. El miedo la inmovilizaba, pero una parte de ella, la parte más instintiva y pragm