El amanecer en la ciudad parecía un espejismo. Las cortinas del apartamento apenas dejaban pasar la luz grisácea que anunciaba un nuevo día, pero dentro de aquel refugio no existía diferencia entre noche y mañana: todos estaban atrapados en un tiempo suspendido, un tiempo marcado por la amenaza de Don Martín y la inminencia de un ataque de Salvatierra.
Emma despertó con un sobresalto, como si aún pudiera escuchar en sueños la voz del hombre que había marcado su vida con cicatrices invisibles. El