La casa estaba en silencio, pero no era el silencio tenso de los últimos días. Era otro. Uno más neutro. Como si el lugar también estuviera esperando.
Emma estaba en la cocina, apoyada contra la encimera, con una taza de café entre las manos que ya se había enfriado. No tenía prisa por beberlo. Tampoco por moverse. Había pasado tanto tiempo funcionando en automático que quedarse quieta se sentía extraño, casi indebido.
Escuchó pasos en el pasillo.
No se giró de inmediato. Reconocía el ritmo, el