El día empezó sin anuncio.
No hubo un despertar distinto ni una luz especial entrando por las ventanas. El reloj sonó a la misma hora, la cafetera hizo el mismo ruido, y la casa respiró como lo hacía siempre. Pero Emma lo notó desde el primer gesto: el cuerpo no estaba en guardia.
Se levantó antes que Alejandro, por costumbre más que por necesidad. Caminó descalza hasta la cocina, abrió la nevera, sacó la leche, los huevos, el pan. Rutina pura. Sin épica.
Y aun así, algo era distinto.
No sentía