El aire de la madrugada estaba impregnado de un silencio extraño, como si toda la ciudad aguardara expectante el desenlace de una tragedia inevitable. En el apartamento, las horas habían pasado entre susurros, planes y miradas cargadas de miedo. Cada uno sabía que ese día marcaría un antes y un después, que no había espacio para titubeos: o sobrevivían juntos, o serían devorados por las garras de Arturo Salvatierra.
Alejandro se encontraba de pie junto a la ventana, observando la calle silencios