El viaje de regreso a la ciudad fue largo y silencioso. Emma, recostada contra la ventanilla, observaba el paisaje pasar como un río de sombras y luces. Su respiración era pausada, pero en su pecho una tormenta la ahogaba. El solo pensar en poner un pie de nuevo en aquel lugar que había marcado sus cicatrices —físicas y del alma— la hacía estremecer.
Mateo, al volante, la observaba de reojo.
—Si no estás lista, podemos esperar un poco más —dijo, con la voz suave.
Emma negó despacio, sus manos a