El camino hacia el castillo estaba sumido en un silencio espeso. La luna se alzaba entre nubes rasgadas, proyectando una luz plateada sobre los árboles que se mecían con el viento nocturno. El coche negro de Julián se deslizaba por la carretera secundaria hasta detenerse finalmente frente a los portones de hierro del castillo.
Alejandro observó en silencio, apoyado contra el respaldo, con el rostro endurecido y una venda asomando bajo la camisa. A pesar de que su cuerpo aún dolía, la determinaci