La noche en la mansión de Salvatierra no era como la de cualquier mortal. Era una noche forjada por la premeditación y por el vértigo de la codicia: lámparas de araña que vertían una luz cálida sobre alfombras persas, cuadros que vigilaban con rostros de antepasados, una mesa larga donde los vasos resonaban como metrónomos del temor. Arturo Salvatierra caminaba entre todo eso con la parsimonia del que no acepta sorpresa. Había recibido la noticia del golpe a su almacén, de la fuga con documento