La llamada llegó cuando el amanecer apenas comenzaba a iluminar las paredes de Casa Esperanza.
Emma Ríos estaba en la cocina, preparando té para un niño que había pasado la noche con fiebre, cuando escuchó el sonido del viejo teléfono del despacho.
No era habitual que sonara tan temprano.
Alejandro, con el cabello aún húmedo tras una ducha rápida, se adelantó a contestar.
Emma lo observó desde el marco de la puerta, notando el gesto que transformó su rostro en apenas un segundo: una mezcla de s