El castillo amaneció envuelto en un silencio inusual, un silencio que no era paz, sino un suspiro contenido después de una noche de sangre y traición. Las luces de los pasillos permanecían encendidas, proyectando destellos dorados en las paredes de piedra, como si el lugar mismo intentara mantenerlos a salvo.
Alejandro, aún con el brazo vendado, se dejó caer en el sofá de la sala principal. Emma estaba a su lado, vigilante como un ángel, con un cuenco de agua tibia y gasas limpias. La herida ar